martes, 13 de noviembre de 2012

Genial

Lo vi hace un par de años, y ayer me acordé. Ver DAN the MAN en YouTube

sábado, 27 de octubre de 2012

Micropost: Anuncio importante

Esta entrada ha quedado sin efecto.
Soy menos raro ahora :(
¡Buen fin de semana!

viernes, 19 de octubre de 2012

Una nota personal: Mi problema de obesidad

En primer lugar, me voy a agrandar un poquito: muchas cosas pasaron desde que actualicé mi blog por última vez, entre ellas una muy importante, terminé mi carrera y hoy puedo decir que soy Bioquímico.
Además de ello, últimamente se están dando muchos cambios en mi vida, estoy como "despidiéndome" de muchas cosas, sé que este año se terminó una etapa muy linda en mi vida (sino la más linda), y que ahora comienza otra muy diferente (no por eso menos linda, sé que va a estar muy buena también); el año que viene me voy a terminar de despedir de esta hermosa ciudad, y voy a alejarme de cosas que me hicieron, y me hacen muy bien. Por otra parte, estoy en una suerte de "descubrimiento personal", dejándome llevar, disfrutando un poco más de los demás y de mi mismo.

Más allá de todo eso, voy a ir entrando en tema, sobre algo que es muy personal, y sobre lo que siempre quise escribir. Quiero contar mi experiencia, porque, como ya he dicho en entradas anteriores, más allá de que lo lean pocas personas, si ayudo aunque sea a una de ellas mi objetivo estará cumplido.
La cosa es que recién estaba hablando con un amigo de un tema bastante recurrente en mi vida, y se me ocurrió volcar algunos pensamientos acá.
Ese tema es mi peso.

Empecé a engordar cuando tenía más o menos 6 o 7 años. La comida era como un refugio, una adicción, algo que me llevaba al placer, quizá por no encontrarlo en otro lugar, quizá por soledad; en fin, sea cual fuera la causa, cada año subía 20 kilos, y bajaba 10 con algún dietista. Ningún régimen que intenté logró hacerme llegar a tener constancia. Mientras tanto, mi autestima caía día a día, pero yo no me daba cuenta... Hoy en día es uno de mis peores enemigos.

Así llegaron mis 16 años, año muy triste en el que perdí a mi abuelo Cacho, papá de mi papá. No se si esto tuvo que ver con eso, pero me acuerdo que mi mamá logró convencerme para que fuera a un nutricionista en Mar del Plata (en ese momento vivía en Necochea). Fue difícil para ella lograrlo, me acuerdo que después de discutirlo por mucho tiempo, terminé diciéndole "Esta bien, voy, pero es la última vez. Si esto no funciona, ya no me interesa".
Fue así como llegué a lo del Dr. Chianalino, quien me habló de una manera diferente a todo lo que había visto hasta ese momento. Entre las cosas que me llamaron la atención hay tres: una, que su dieta era muy diferente, ya que no tenía un esquema preestablecido del tipo "Lunes: tal cosa. Martes: tal otra", etc.; sino que me daba una combinación de alimentos y yo podía elegir lo que yo quería, haciendo una entrada, plato principal, guarnición y postre (si, todo eso); y como todas las combinaciones estaban nutricionalmente balanceadas, si quería, podía comer exactamente lo mismo durante todo el tiempo que me llevara bajar de peso. La segunda, es que en ningún lugar del plan se mencionaba el día o alimento "permitido", la dieta se hacía TODOS los días, sin excusas u opciones para alguna "ocasión especial". Y la tercera, la que más me quedó grabada, era que cuando le pregunté por el tamaño de las porciones, me respondió lo mejor que podría haber escuchado hasta ese momento: "Vos sabés lo que tenés que hacer, eso no te lo voy a decir yo".
Me dio unos ansiolíticos hechos con plantas naturales, que confieso que habré tomado el primer mes y medio, dos meses. Después cada tanto me olvidaba, y a lo último ya ni las recordaba; hoy tengo la leve sospecha de que eran simplemente placebos, ya que no notaba (¿Ningún?) efecto.
Así fueron pasando los meses, me la pasé comiendo milanesas con bocados de verdura y arroz con atún (repito: si, todo eso, por cada comida; no es necesario comer mal para adelgazar). Nunca, nunca, nunca rompí la dieta por voluntad propia. Sólo lo hice por factores externos, en dos ocasiones; en la primera, a la semana de empezar, una compañera de la escuela me dió por error un café con azúcar (me dieron ganas de matarla, si habré estado trastornado...); en la segunda, mi mamá me obligó a comerme un sandwich de jamón y queso porque estaba engripado y por dos días no había querido comer nada (literalmente, me lo encajó en la boca al grito de "¡¡TENÉS QUE COMER ALGO!!").
Pasaron cumpleaños de mis viejos, fechas festivas, y no comí ni un pedacito de torta, ni una galletita, nada. Si había una reunión especial (por ejemplo, un picnic del día de la primavera), me llevaba los alimentos en un táper (comía tan bien que mis amigos querían comer mi comida). Algo que ayudó mucho también fue el hecho de servir las porciones en el plato y retirar la  fuente de arriba de la mesa, para no tentarme y comer otra vez (si éramos 3 en mi casa, se cocinaban 3 milanesas, no 4 o 5).
No sé que fue lo que me llevó a tener TANTA constancia, negarme caramelos, chocolates, porciones gigantes, tomar gaseosas comunes (en esa época empecé mi gusto por la Coca-Cola light, por lo que ahora la común ya no me gusta); quizá fue lo de mi abuelo, a veces me lo pregunto. Pero, de a poco, en seis meses, mi cuerpo fue cambiando (recuerdo que durante un control en el que me había acostado en la camilla mientras me tomaban la presión, me toqué la panza y descubrí un hueso, algo que nunca en mi vida había experimentado: sentir al tacto mi íleon por primera vez). Mi salud se fue reestableciendo, y bajé 36 kilos.

Cuando llegué a esa cifra, el médico decidió pasarme a la fase de "mantenimiento", en la cual tenía que hacer media dieta. Es decir, reemplazaba el almuerzo o la cena por otra comida que yo quisiera. Siempre, a conciencia mía. En 15 días, veríamos que pasaba. Luego de eso, tomé mi primer helado en meses, no elegí comerme un cuarto como hacía siempre, sino que compré uno mediano (empezaba a tener conducta). Pero el miedo me llevó a seguir comiendo muy poco, y cuando volví a la consulta, ¡Había adelgazado aún más! Me indicó que no me pasara para el otro lado, que ahora tenía que comer bien, y decidió que volviera en un mes, y no cada 15 días.

Por cosas de la vida que no recuerdo, fui un par de veces más, y luego dejé. Fue un gran error, ya que, de a poco, comencé a recuperar peso. Cuando subí nuevamente 8 o 9 kilos, volví, y lamentablemente me encontré con la noticia de la jubilación de ese GRAN profesional.

A partir de ahí, logré pseudo-mantenerme (más o menos con esos 10 kilos de más) en mi último año de secundaria, y no fue tan grave la cosa. Recuerdo haber ido al gimnasio en una etapa, y darme cuenta de que comía mucho y no engordaba (y no es que me mataba haciendo ejercicio).
Pero después se me cruzó la universidad, vivir solo, tener que poner voluntad para cada cosa que hacía, pasarme horas y horas sentado, leyendo, ansioso, nervioso. Y así, recuperé todos y cada uno de los kilos que había bajado.
Cuando estaba en 2do o 3er año, si no me equivoco, volví a ir a otros nutricionistas, y logré bajar casi 20 kilos, los cuales, volví a subir. Volví a bajar 10 kilos, los volví a subir. Y seguí siguiendo, dijeran los maestros de Les Luthiers.

La cosa es que, ahora, habiendo pasado ya años de todo eso, habiendo conocido amigos con el mismo problema, uno en particular que bajó 60 kilos (queremos hacerlo engordar porque lo vemos demasiado flaco), se me cruzan todas estas cosas por la cabeza. Y voy a explicar ahora algunos sentimientos y situaciones que tuve que pasar en todos estos años.

Por supuesto, en primer lugar, la discriminación.

Me acuerdo de haber vivido una situación muy fea cuando tenía más o menos 13 años, en la cual fui a un local de ropa en el centro de Necochea para comprarme una malla, y me ofrecían bermudas color caca (no es marron clarito, chicos; ese color es CACA, no discutan :P). Yo pregunté si tenían colores más vivos, y la respuesta de la vendedora fue "No, pibe... Con ese cuerpo no podés pretender colores claros, je-je". Mi mamá le prometió a la simpática señora no pisar nunca más su local, y me sacó del brazo, ella con lágrimas en los ojos, yo sin entender lo que implicaba esa frase de mierda.
También de chistes en el colegio, uno particular con mi apellido... No quiero repetirlo acá, pero mis amigos más cercanos lo conocen. A todos les parecía gracioso, a mi, me dolía mucho. Los chicos son crueles desde la inocencia, pero hace falta que les expliquen el daño que pueden causar con unas simples palabras.
Más de grande, una frase de una persona que era muy amiga mía en ese tiempo, que toda su vida fue flaca, o, a lo sumo, con 5-10 kilos de más: "Yo no entiendo por qué hacen tanto quilombo con el tema de adelgazar. Nah, es muy simple, yo dejo de comer y adelgazo, es así". No lo insulté porque pensé "Pobre, no entiende nada", pero con el tiempo me di cuenta de que era un chico muy inteligente, con todas las posibilidades y la educación para entender que la obesidad ES UNA ENFERMEDAD.

A ver, hablemos claro: sea cual sea la causa, psicológica (mi caso), hormonal, metabólica; es una ENFERMEDAD. Y digo esto, justamente por esos comentarios que tienden a simplificar el asunto como si fuera una cuestión de hacer un balance calórico, cerrar la boca y listo ("Un broche en los labios, ja-ja" me dijo una señora muy simpática en el gimnasio, para después ponerse a tomar mate con bizcochos adelante mío con la profesora, mientras yo me mataba en la bicicleta).
En parte fue mi caso, en parte ya no, pero muchas personas encuentran en la comida un refugio, el placer ausente, la "felicidad" (escrita entre comillas, porque es una felicidad pasajera, un momento de deleite que se termina en cuanto el plato está vacío). Cuesta mucho darse cuenta de que la felicidad está en otro lado, se necesita mucho valor, mucho esfuerzo, mucha contención: el entorno es muy importante. Doy un ejemplo: una vez, una de esas tantas antes de "ponerme las pilas", terminé una tremenda merienda y automáticamente me puse a pensar en que quería cenar ñoquis con crema y roquefort. Eso me hizo sentir culpable, así que intenté alejar ese pensamiento de mi cabeza, pero estuve hasta las ocho de la noche pensando en ello, sintiéndome cada vez peor ("Vos sabés que lo que vas a hacer está mal, que vas a comer de gusto, que vas a seguir engordando y te hace mal" me decía una vocecita en mi cabeza, parecía el pájaro carpintero de una publicidad ya no recuerdo de qué), sabiendo que iba a deglutirlos en menos de 15 minutos, sin disfrutarlos por la culpa, y que al finalizar mi estado de ánimo iba a ser terrible. Esa ocasión fue una de las pocas en las que fui consciente de la angustia que me generaba, y de que realmente tenía (tengo) un problema.

Por otro lado, me da MUCHA BRONCA escuchar hablar a gente que toda su vida fue flaca, expresándose desde el punto de vista de un gordo, o quejándose porque tienen 23 miligramos de más y ya son "gordos chanchos". ¡BASTA CON ESO! SOLO EL QUE ES O FUE GORDO, Y REALMENTE GORDO, SABE LO QUE ES. No ayudás a nadie con un simple "Ponete las pilas...", porque NO ES TAN SIMPLE. No es NADA simple. Es una enfermedad de MIERDA. Entendelo, metételo en la cabeza. Y cada vez que le cantas "Vos sos un gordo bueno" a alguien, no le estás haciendo un bien, todo lo contrario, estás banalizando su enfermedad y riéndote de una condición extremadamente triste. Dicen que yo soy bueno, pero cada vez que escucho esa canción se me revuelven las tripas, y me dan ganas de agarrar una motosierra oxidada e inoculada con toxina tetánica y transformarme en el más malo y destructivo de todos los gordos. Me angustié de solo pensar en ese "divertido" tema musical.

Ahora bien, enderecemos la nave y volvamos al asunto, porque ya me estoy calentando. La pregunta más importante, que todavía me hago: ¿Qué fue lo que me pasó? ¿Por qué volví a engordar?

Creo que encontré la respuesta hace unos meses, aunque no estoy completamente seguro.
Haciendo zapping a eso de las cinco de la tarde, me topé con el conocido programa "Cuestión de peso", que decidí mirar por unos minutos. Aclaro de entrada que no soy para nada partidario de lo que se muestra en él, que la humillación pública mediante la exposición de las miserias y generación de conflictos innecesarios entre ellos me parece de cuarta. Tampoco niego que lo del proyecto de ley que hicieron hace unos años fue algo excelente. Pero una cosa no quita la otra.
Decía, miraba la tele, y una de las participantes pronunció una frase que me hizo mucho ruido en la cabeza. Ahora no la recuerdo bien, pero la chica había bajado muchísimos kilos, ya estaba en el rango normal de peso, y dijo algo así como "Yo todavía me veo gorda, me cuesta sacarme los kilos de la cabeza".

Y ahí caí.

Me di cuenta de que, muy probablemente, eso fue lo que me pasó a mi. Miro hoy fotos de cuando estaba flaco, y lo primero que se me viene a la cabeza es "¿Cómo dejé que esto pase?" Y me doy cuenta: nunca fui consciente de lo flaco que estaba (iba a comprarme ropa, ahora de color, y seguía pidiendo XL o XXL, cuando me llegaron a quedar gigantes algunos M). Eso fue bastante determinante en lo que vino después, empezar a entender el por qué de las cosas, preguntarme qué podía hacer para cambiarlas, y todo eso está en mi interior.

Luego de eso, vino la etapa final de mi carrera, estar estudiando muchísimo en el último tirón, era un manojo de nervios... Ahí volví a ganar un poco más de peso. A pesar de eso, durante ese período empecé el gimnasio (el de la mujer de los bizcochitos). Fui un mes antes de recibirme, luego de esto por dos meses no fui por no estar en Bahía, y luego volví a empezar. Pero no entendía por qué me costaba tanto ir, sacando la cuenta, lo máximo que fui por semana fueron dos veces, después fui muy inconstante.

La cosa es que hoy, de a poco, están pasando varias cosas al mismo tiempo, por las cuales me estoy relajando. Estoy descubriendo cosas nuevas en mi, cosas que mis amigos me han hecho notar, que me suben un poco el autoestima (una de las cosas más difíciles, convencerse de que la obesidad no quiere decir que uno sea mala persona, o que no tenga nada para dar). Particularmente un par de personas, que me hicieron notar cosas lindas que tengo, y que a mi ni se me hubieran cruzado por la cabeza ("Tenes linda esta parte del cuerpo..." me dijo alguien, y yo pensé "¿¡LO QUE!? Pero si esto... ah... pará... Mmmmhhh... ¿Podrá ser?).
Empecé en otro gimnasio, me di cuenta de que el anterior no era para mí, ya que los horarios eran muy restringidos y no podía hacer nada mas a la tarde; y por otro lado, la onda del lugar era deprimente, ni siquiera ponían música (algo que se soluciona con un par de auriculares, como después entendí; si, aunque era algo tan básico, no se me cruzaba por la cabeza). En fin, es fundamental encontrar un buen lugar para hacer ejercicio, un lugar en el que uno se sienta cómodo. Y otra cosa que me ayudó es el hecho de salír del hospital donde estoy haciendo una pasantía, y directamente ir al gimnasio, SIN PASAR POR MI CASA ANTES. El colectivo me deja a una cuadra, así que no tengo excusa... Si volviera a mi casa, me encontrara con la computadora, el televisor, la cama para dormir una siesta, no iría.
Aumenté mi actividad aeróbica, además de la bici todos los días le doy media hora a la cinta (por un problema en la rodilla, no puedo correr, así que camino rápido, al ritmo de la música que esté escuchando en ese momento), y vuelvo a mi casa luego a buen ritmo (más o menos son 13 cuadras). Y lo curioso es que, sabiendo que esta semana me iba a ser muy difícil ir aunque sea un día, ayer tuve que dejar unas actividades y volver, sentí la NECESIDAD de moverme, cosa que no me había pasado NUNCA. Era algo que hacía obligado (de hecho lo sigue siendo, pero ya no tanto).
Y acá va el por qué: aunque hace poco más de un mes que arranqué, nunca en la vida me sentí tan bien con mi cuerpo en cuanto a mi capacidad, tan ágil, tan liviano, a pesar de que tengo muchos kilos más que cuando estaba flaco. Salir de ahí, después de haber transpirado y haberme exigido lo máximo que puedo dar (nunca hice tanta actividad en el gimnasio, estoy yendo casi dos horas por día), es algo que me cambia el humor MUY para bien. Poder elongar cuádriceps agarrándome del pie y no de la pierna, es algo que nunca había logrado... ¡Y hasta volví a tocarme la punta de la nariz con el dedo gordo del pie! Mis piernas están más livianas, y no me cuesta tanto agacharme. En fin: ME SIENTO MEJOR.

Entonces, para ir cerrando, que quede claro algo: la obesidad es una enfermedad con la que uno tiene que lidiar día a día, bancándose la mirada del resto, de los que no entienden, de los que creen que todo es fácil, de los que siempre fueron y serán flacos. Que te digan "Sos un boludo" por no querer sacarte la remera en público no te ayuda, menos cuando viene de alguien que se la saca y tiene un tablero de ajedrez en el abdomen. Repito: no se puede hacer como que nada pasa, o, por lo menos, en mi caso (y en algunos casos de personas con las que he hablado), no es simple. Y a los que dicen "Lo que pasa es que vos no tenés que darle bola a lo que dicen los demás", dejen la hipocresía de lado: casi NADIE tiene la capacidad de llegar a ese estado de "todo me chupa un huevo". Córtenla con ese discurso, sean honestos con ustedes mismos.
Y de hecho, no me metí con el tema de la salud física, pero la gordura también trae muchos problemas en ese aspecto. Muchísimos riesgos (cardiovasculares, hormonales, posturales, etc.), de los que uno no es consciente.


Así que, en conclusión: no se si esta vez será la definitiva, no se si volveré a engordar o no... Pero sigo dando batalla. Y espero ganar algún día.

miércoles, 25 de abril de 2012

¿Virginia Lago? No: Virginia Charco

Hace mucho que no actualizo el blog, así que les dejo un fragmento del video que le hicimos a una amiga para su recibida.

sábado, 28 de enero de 2012

Fideos recalentados

Advertencia: este es un post absolutamente personal y muy largo. Quizá para otro sea una boludez, pero para mí fue toda una locura haber ganado un BGH Quick Chef Music, y una especie de aventura todo el trayecto desde que grabé el cover hasta que volví a mi ciudad con el aparato, así que en este post voy a relatar cómo se fue dando todo. ¡Espero no aburrirte!


El 2 de noviembre del año pasado, llegó a mi lector de RSS una nueva entrada en el blog de Milton. El título era: “ BGH Quick Chef Music: Un microondas USB con música”. Me puse a leer de que se trataba, y la cosa era que el aparato en cuestión reproducía la canción que vos querías en vez del clásico “Piii piii piii” cuando terminaba de calentar.
No soy muy fan de los concursos, digamos, me anoto más que nada en sorteos, pero esos de que para ganar un par de medias tenés que acumular 1667825 puntos en un juego en 3D que tiene 79 etapas y necesitas conexión de 8 megas para que ande más o menos bien, sumado a que después te tienen que votar como el jugador favorito, no me convencen. En este, la consigna era grabar un cover (léase: versión propia de un tema conocido) de alguna de las tres canciones que se proponían (I will survive, It’s raining men o California Dreamin’) pero cambiándole la letra, la cual tenía que corresponder a una receta.





No se por qué, no tengo la menor idea de cual fue la razón, pero de repente estaba abriendo un notepad a las apuradas porque me tenía que ir al laboratorio, inventando una letra en 3 minutos y grabando un cover de I will survive, que se llamó “Fideos recalentados”.
Lamentablemente, como buen huevón que soy, no lo guardé, simplemente lo dejé ahí en la web y ya no está más, y tampoco me acuerdo la letra del todo… Pero decía más o menos así:

"No sabía que hacer para almorzar,
y me acordé que en la heladera tengo algo genial,
unos fideos de ayer que preparé y no terminé,
y ahora zafé de cocinar.
Voy a cantar al terminar
de calentar estos fideos que me vienen a salvar.
Fideos recalantados que quedan muy espectacular
¡Queso rallado, manteca y van re bien!”
Lo escuché una vez, no me convencía por dos cosas: primero, en todo caso no era “quedan muy espectacular”, sino “quedan muy espectacularES”… pero decidí dejar de lado mi TOC, porque aunque soy un fiel convencido de que cada vez hablamos peor, estaba bastante apurado como para ponerme a redactar correctamente algo que (¿Seguramente? Lengua fuera) no iba a servir de mucho. Segundo, la música de fondo no se notaba muy bien, y había escuchado un par que tenían hasta coros femeninos acompañando la voz principal. En fin, toqué enviar, y de alguna manera salió en Facebook “Fideos Recalentados: ¿Te gusta mi receta? Me gustaría que me des tu voto.” Ahí empecé a ponerme rojo de vergüenza, y lo completé cuando le puse a Milton en Twitter: "Mirá lo que me hiciste hacer, grabé una receta!” y a los dos segundos lo retwiteó.
Por ello entré a su blog y pedí ayuda en el post en cuestión, un poco de apoyo para mi receta. Me fui al laboratorio, y cuando volví tenía (de la nada) arriba de 40 votos. “¡A la mierrr…!”, pensé.
Después le conté a mi mamá, cuya primera respuesta fue: “¡Jajaja! ¿Quién canta?”. Luego de convencerla de que era yo, empezó a votarme todas las veces que podía, le contó a mi tía, quien hizo lo mismo, a sus amigos interneteros, etc, etc, etc. Yo cada tanto entraba para ver como iba, y de a poco me daba cuenta de que subía puntos y puntos, y estaba cabeza a cabeza con otra receta llamada “Hamburguejas al vapor”.
Los días pasaban, la gente seguía votando, y llegó a ser (según me confirmó Viviana, la chica que nos atendió en BGH) la mas votada de todas. Cuando me fijé por última vez, tenía arriba de 300 votos…
Así pasó el tiempo y yo me empecé a ilusionar, pero tampoco quería engañarme: más allá del puntaje, las bases del concurso decían, por un lado, que los ganadores serían seleccionados por un jurado; y por otro, que, en caso de ganar, debía presentarme a retirar el premio personalmente en Capital Federal el 26 de diciembre, cosa que veía muy poco probable, ya que para esa fecha iba a estar en Necochea.
La cosa es que diciembre fue bastante movido (fiestas de despedida, egreso de una amiga –primera bioquímica del grupo-, fin de cursar, exámenes finales, etc.). Cada tanto me acordaba y miraba la página, pero mucha bola no le daba. Y, a mitad de mes, de la página de BGH salieron las recetas y apareció una leyenda que decía “Pronto daremos a conocer los ganadores”.
Pero diciembre llegaba a su fin, y nada pasaba… Yo me había quedado un poco triste, pregunté en la página de facebook que tiene BGH y me decían “Pronto te vas a enterar de los ganadores”, y nada pasaba… Comenzó 2012 y nada pasaba… Pensé que se había suspendido el concurso. ¡Nada pasaba!
Hasta que un día apareció un nuevo cronograma de publicación de ganadores, entrega de premios, etc., el cual había sido modificado por la gran cantidad de recetas cantadas. Ahí me volví a ilusionar, pero, repito: me tiraba abajo el hecho de que iba a tener que ser elegido por un jurado. Y había varias recetas realmente buenas.
Ya me había olvidado de todo el asunto cuando, hace casi dos semanas, estaba en la cocina, y escucho a lo lejos sonar el teléfono que dejé cargando en mi habitación. Corrí pero no llegué atender, y vi que era un número de Buenos Aires, desconocido. No me preocupé porque pensé que eran los de Claro para ofrecerme algún módem o algo por el estilo. Al rato volví a la cocina, el teléfono volvió a sonar, nuevamente no llegué a atender. Esta vez era otro número de Capital, pero con una diferencia: habían dejado un mensaje de voz.
Me extrañó, ya que los de Claro no dejan mensajes (si era así, hubiera sido el colmo). Llamé al buzón de voz, y me atendió la cordial computadora, hablando lo más lento que una persona puede hablar, y diciéndome “Bienvenido a su correo de voz, vamos a configurarlo para que pueda utilizarlo.”.
“Pero la p…” pensé, y ahí caí en la cuenta de que nunca lo había abierto desde que tengo este número (febrero del año pasado), y estuve a punto de colgar y olvidarme del mensaje, pero, nuevamente no se por qué, seguí todos los pasos. Que la clave, que grabar mi nombre, que grabar mi saludo personal, que saltar cinco veces alrededor de una hoguera cantando “Danza kuduro” mientras haces palmas con las manos, etc., hasta que llegué al bendito mensaje, el que decía así:
“Hola Matías, mi nombre es María Emilia, te estoy llamando desde BGH, es por la promoción BGH Music, necesitaría que te comuniques lo mas pronto posible al (---), y preguntes por María Eugenia o Viviana. Gracias”.

Colgué y no podía creer lo que estaba escuchando. Quería gritar, pero mi mamá dormía la siesta, así que no lo hice… Con todos los nervios del mundo llamé, y me atendió una operadora. Pregunté por las dos personas en cuestión, y al pasarme me atendíó el contestador de otro empleado que no era ni María Emilia ni Viviana… Volví a intentar, y esta vez se cortó la comunicación…
Ya me estaba poniendo nervioso, cuando, al tercer intento, ¡Logré hablar con María Emilia, y me comunicó que era un potencial ganador del microondas! Me pidió que le confirmara lo más pronto posible si iba a poder estar presente en la entrega de premios que se iba a realizar el jueves 26 a las 15, y me contó más o menos como era la cosa, a su vez que me dijo que me mandaría info por e-mail. También me recordó que se me iban a realizar dos preguntas de interés general para poder adjudicarme el premio y pasar de “potencial” a “electo”. Eso me puso medio nervioso, ya que de ir, sería terrible hacer un viaje de 500 (en realidad 1000) kilómetros en un día, ida y vuelta, para, por una pregunta, volver con las manos vacías.
La cosa es que recién el viernes anterior mi viejo me dijo que me podía llevar, porque ir en colectivo era un GRAN quilombo, más allá de que no conozco mucho Buenos Aires, irme con ese aparatote hasta la terminal, ver cómo lo mandaba, la plata del envío, la plata de los pasajes, iba a ser mucho lío y, además, básicamente saldría más de la mitad del precio que calculamos del microondas. Intenté llamar por teléfono para confirmar mi presencia, y esta vez se me hizo imposible, así que decidí mandarle un mail a María Eugenia.
Terminé de ponerme nervioso cuando apareció en mi bandeja una respuesta automática, diciendo que iba a estar de vacaciones hasta el 30 de enero… Yo ya me veía tirado triste en mi cama viendo las fotos del ganador suplente recibiendo su microondas cantante.
No se cómo pero me di cuenta de que el mail que me había mandado a mí en principio también iba dirigido a “Viviana”, así que le mandé uno a ella, y mis nervios pasaron a alivio y alegría cuando, en literalmente menos de cinco minutos, tenía una respuesta de ella.

Después de esto pasó muy rápido la semana que faltaba, y yo estaba bastante preocupado por las dichosas preguntas de interés general. Por esto es que no se lo conté a muchas personas, y decidí no publicarlo en ninguna red social o algo por el estilo, hasta estar seguro de que iba a ser mío.
Así llegó el miércoles a la madrugada, no dormí nada, no tanto por nervios, sino porque tengo el sueño cambiado desde hace bastante. Aproveché para repasar ministros, capitales, fechas patrias, y alguna otra cosa que se nos ocurriera con mi mamá. Se hicieron las 6 y mi papá se despertó, yo ya me había bañado, así que desayunamos, cargamos los sándwiches que mamá nos había hecho el día anterior, una gaseosa, y salimos para Buenos Aires, viaje que también iba a servir como prueba piloto de un GPS que compramos para las vacaciones.
Gracias a este llegamos bastante bien, también nos perdimos bastante en la entrada, y terminamos no haciéndole caso varias veces. Por suerte no tiene el aviso que dice “Recalculando”, porque sino lo hubiéramos tirado por la ventana. De todos modos queda todavía el eco en mi cabeza de la voz diciendo “Radar vigila”. Durante el viaje,  Nacho, un amigo que sabe bastante de todo pero especialmente de cultura general y política, me explicó rápidamente por mensaje algunas cuestiones básicas sobre el congreso y la organización de la Argentina. Ahora sí, mis nervios empezaban a aumentar.

Llegamos al lugar, Brasil al 700, a las doce y media del mediodía, y nos pusimos a buscar estacionamiento. Después de buscar alguno pago y no encontrarlo, conseguimos uno milimétrico sobre la vereda, a tres cuadras de BGH, y decidimos no movernos, a pesar de que faltaban dos horas y media para ir a retirar el premio, por miedo a perder el lugar.
Aprovechamos para almorzar mientras escuchábamos la radio, y mantuvimos el auto encendido para que funcionara el aire acondicionado. En eso una señora que vivía en la casa sobre la que estábamos estacionados salió y se nos quedó mirando un largo rato, nosotros después caímos en la cuenta de que dos hombres sentados en un auto encendido en frente a tu casa, pueden sonar medio sospechosos.
Una hora después estábamos muy embolados, y salimos a caminar. Nos embolamos más, porque esa zona de Buenos Aires no es muy comercial (según me contó después Nacho) y no encontramos nada muy interesante. Lo bueno fue que, volviendo hacia el auto pasamos por en frente de BGH, y nos topamos con un cartel gigante que decía “ESTACIONAMIENTO POR DÍA, MES, HORA”. Nos causó mucha gracia no haberlo visto antes, y a la vez alegría el hecho de poder dejar el auto bien en frente. Fuimos a buscarlo, y entramos al edificio a las 14:20, preferimos eso a estar apretados en el auto.


Esperamos en la recepción, y al rato llegó Viviana. Nos atendió EXCELENTE, yo le comenté mi inquietud por las preguntas, y me tranquilizó diciéndome que iban a ser muy fáciles, ya que solo era una formalidad legal, y que en ningún concurso pasó que la persona se quedara con las manos vacías. Yo, interiormente pensé: “Vos porque no me conocés…”
Al rato llegaron los otros dos ganadores, y a las 15 en punto bajamos al showroom, en el cual nos recibió el gerente y nos felicitó, a su lado había 3 cajas con los microondas adentro que yo miraba de reojo… Nos preguntó cómo se nos había ocurrido la idea para el tema, yo conté en forma muy resumida lo que escribí al principio del post. Nos ofrecieron cosas para tomar, pero yo estaba muy nervioso como para ingerir algo, y al rato nos llamó de a uno la escribana junto con otro empleado de la parte de legales. Las preguntas eran realmente muy fáciles (Apellido de soltera de la presidenta y capital de Chile), y luego de contestar rápidamente “Fernandez, Santiago de Chile”, por fin pude firmar las actas correspondientes y sentir que me lo había ganado.
Charlamos un rato con Viviana, y luego cruzamos la calle hasta el estacionamiento, cargamos el aparato en el auto y llamé a mi mamá, quien gritaba de la alegría. Lo anuncié con bombos y platillos, mandé mensajes, publiqué en Twitter, y en Facebook. ¡POR FIN!

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Se nos complicó bastante la salida de Buenos Aires, no queríamos salir por el mismo lugar de ingreso, y hasta que logramos encontrar el camino que queríamos anduvimos bastante perdidos. Nuevamente gracias al GPS, y gracias a la evasión de su cálculo automático de ruta, logramos salir, y llegamos a Necochea a las 22:30. Abrimos rápidamente el microondas, y lo probamos.
Viene con un pendrive de 2 gigas, en el cual uno puede poner la canción que quiera, y ya trae precargadas dos de las de la publicidad. Nos reímos mucho al escucharlo sonar.
Así que bueno, tengo muchas ganas de usarlo, pero acá en mi casa no hay mucho espacio para poner semejante armatoste. Pero cuando vuelva a mi departamento voy a tener un nuevo artefacto tecnológico, de esos que tanto me gustan. Y ya tendré tiempo de bailar al compás de los fideos de ayer.
Nuevamente, ¡Muchas gracias a todos los que me ayudaron!

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